El elíxir de la Isla Esmeralda

Podría decir que mi travesía fue motivada por las leyendas celtas, los imponentes paisajes o la obra de James Joyce. Pero aunque todos estos temas han sido importantes fuerzas de atracción que en diferentes momentos de mi vida me han conducido al Viejo Continente, debo confesar que en mi primer viaje a Irlanda, mi objetivo principal era recorrer los famosos pubs.

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Tenía veintitantos años, recién había concluido mis estudios de licenciatura y un curso de verano para perfeccionar el inglés fue el mejor pretexto para visitar aquel hermoso país. El proyecto no era sencillo y mucho menos barato. Para empezar, yo vivía con mi familia en la ciudad de Monterrey, así que primero tuve que conseguir un vuelo económico de VivaAerobus, para trasladarme a la Ciudad de México.

El vuelo más barato que encontré hacia Europa no fue uno directo a Dublín, sino un México-Lisboa. Con todo y que después fue necesario tomar un vuelo de RyanAir hacia la capital de la República de Irlanda, llegar a Portugal me permitió ahorrar bastante e incluso me alcanzó para conocer un poco de la ciudad lusitana.

Por aquel entonces, mis principales referencias a Irlanda eran la celebración del día de San Patricio (que en mi mente se asociaba principalmente con el color verde y la cerveza); los leprechauns y los tréboles de cuatro hojas; algunas leyendas medievales como la del Viaje de Bran y, por supuesto, la cerveza Guinness. Adivinaron, justo esta bebida es la que deseaba probar en los pubs.

Pero me bastó con empezar a caminar por el aeropuerto de Dublín para darme cuenta de que me aguardaba mucho más que diversión nocturna e instantes de felicidad derivados de los dulces humores que produce la cebada. Aunque no comprendiera ni el nombre de la ciudad, me entusiasmó ver los letreros en gaélico; el irlandés no es un idioma que se pueda escuchar en las calles y centros de reunión, salvo en algunas regiones, pero aun así, me parece loable que se mantenga su estudio, como una forma de preservar la milenaria identidad del pueblo celta.

Al pasar por el control de pasaportes me llevé otra grata sorpresa. No, no fue la ausencia de fila, porque pasar un rato formado es prácticamente un requisito para ingresar a cualquier sitio. Lo que terminó por dibujarme una inmensa sonrisa, que no perdí hasta el final del viaje, fue la cortesía e incluso amabilidad en el trato de los agentes. Pese a que debí contestar las preguntas de rigor (“¿De dónde viene?” “¿A dónde va?” “¿Para qué está aquí?”; vamos, las cuestiones que la filosofía ha tratado de resolver durante siglos), me sentí más como en una conversación entre extraños que se encuentran y no en un interrogatorio. El Good afternoon! y el Cheers! (la expresión más empleada para saludar o despedirse) no faltaron.

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Ya en la ciudad terminé por concluir que los bares y la cerveza no serían más que algunos de los adornos de la corona y tal vez ni siquiera los más brillantes. Dublín es una ciudad difícil de explicar, pero fácil de amar; al menos así fue para mí. La avenida principal, O’Connell Street, y las calles circundantes podrían recordar a las de cualquier gran ciudad, incluida la de México, con todo y su caos. Sin embargo, basta con alejarse unos pasos del centro y dejarse llevar por el curso del río Liffey, para encontrar jardines apacibles y calles solitarias que, pese a ello, no despiertan temor, sino que parecen hacer un llamado a recorrerlas.

Soberbios edificios de ladrillo rojo y casas pintorescas, con los colores más vivos, atraen de inmediato la mirada. Si se observan con detenimiento, se descubrirá que no todas son viviendas. Algunas son restaurantes, pastelerías o bares; otras más, boutiques, y muchas más, museos o centros culturales. Dublín es una de las ciudades con más espacios para la cultura que he conocido y algo verdaderamente extraordinario es que la mayoría pueden visitarse gratis o por un muy bajo precio.

¿Qué más puedo decirles? El curso de verano se me fue tan rápido como se agota una pint (la medida usual de la cerveza) en una noche de música y cantos. No llegué a saciarme de días lluviosos, paisajes sobrecogedores y ese verde esmeralda que ha dado a la isla uno de sus más famosos epítetos. ¿Y la Guinness? Pues bien, es una cerveza oscura, tipo stout, con un fuerte sabor a cebada tostada y una espuma cremosa que constituye su principal característica. Sí, la gocé; pero creo que parte de su delicioso y único sabor está dado por el ambiente, la tradición, la compañía; en suma, por esa isla, hogar de héroes, tradiciones y leyendas extraordinarias. Pues, aunque he tratado de revivir aquellos felices días con una Guinness enlatada, que puede comprarse en el supermercado por el precio de medio kilo de carne, no he conseguido ilusionar ni deleitar al paladar, como lo hice con aquel elíxir de la Isla Esmeralda.

 

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¿Chela o cheve?

No hay discusión, chela y cheve es lo mismo y dependiendo del país donde te encuentres hay otras formas de decirlo: helada, cervatana, friíta; y dependiendo del tamaño: cañita, barrigona, caguama, bombonita, etc.

Pero, ¿sabemos exactamente de donde viene la cerveza? Con exactitud no, pero hay estudios que demuestran que ya se realizaban fermentaciones a gran escala de las maltas de cereales en el periodo entre 3,500–3,400 a.C. en el Alto Egipto.

Sea como sea, la cerveza se produce mediante la fermentación alcohólica de los cereales y ayudada por la acción de diversas levaduras. Los ingredientes base son el agua, los cereales (cebada o trigo), la levadura y el lúpulo.

Gracias a los avances de la microbiología actualmente tenemos variedades de cerveza, tanto en color . También la producción ha cambiado para ponerla al alcance de todos en diferentes presentaciones: latas, botellas, barricas, etc.

Y tú, ¿cómo le llamas a la cerveza?

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